
La Cena de Navidad de ACEFAM Cantabria, celebrada en el Hotel Real, reunió a quienes, desde distintas generaciones y trayectorias, forman la columna vertebral de la empresa familiar en nuestra región. El ambiente tenía esa mezcla tan característica de continuidad, responsabilidad y humanidad que define a este tipo de organizaciones, empresas que son a la vez legado y proyecto en evolución.

Con Ana Campos, conservando momentos que recuerdan de dónde venimos y por qué este camino tiene sentido.
El acto comenzó con un recorrido por el trabajo realizado en 2025 y con una idea que atravesó buena parte de la jornada, la empresa familiar no es solo un agente económico, es una institución social. Sostiene empleo, forma parte esencial de la vida económica y social de Cantabria y transmite valores que no siempre aparecen en los balances pero sí en la cultura de cada proyecto.
Entre las conversaciones surgieron varios ejes que considero esenciales:
La intervención de Víctor y Carmen Nogueira, del Grupo Nogar, fue especialmente enriquecedora. Compartieron con serenidad y lucidez su experiencia en la transmisión del compromiso intergeneracional, el equilibrio entre arraigo y transformación y la necesidad de revisar la gobernanza cuando la familia crece. Su afirmación de que primero se forman personas y después accionistas resume una filosofía que sostiene empresas y vínculos.

Acompañada de Francisco Mata, Luis Muñoz, Ana Campos y Carlos Tejedor, y confirmo que lo mejor de estos encuentros sucede siempre entre conversación y conversación.
Tras aparecer como uno de los ejes principales del encuentro, el absentismo laboral volvió a surgir más adelante como un asunto que generó una inquietud especialmente seria. No se trató como un dato más, sino como un desafío que está tensando la realidad de muchas empresas y que requiere una reflexión profunda. Las cifras hablan por sí solas, pero lo más relevante es lo que hay detrás, equipos desbordados, falta de alineación, dificultades para abordar los cambios, emociones que no encuentran espacio y una gestión interna que, en algunos casos, necesita nuevas herramientas. El absentismo no es solo un indicador económico, es un síntoma del estado emocional y organizativo de las compañías y fue evidente que este punto preocupaba de manera sincera a los presentes.
Ahí, inevitablemente, se activó mi mirada profesional.
En los últimos años, tanto mi tesis doctoral como los programas que he desarrollado, ACT Work, han puesto el foco precisamente en esto, en cómo la flexibilidad psicológica, la claridad de rol, la comunicación, la gestión emocional y el compromiso basado en valores pueden transformar la forma en la que las personas se relacionan con su trabajo.
Cuando un equipo aprende a manejar la presión sin evitarla, cuando entiende el propósito de lo que hace, cuando puede hablar de emociones sin que eso sea un tabú y cuando siente que forma parte real del proyecto, las tasas de absentismo tienen mucha más probabilidad de disminuir. No por obligación, sino porque empiezan a aparecer bienestar, sentido y cohesión.
Las empresas familiares tienen en este ámbito una ventaja singular, trabajan desde valores reales, desde la conversación directa y desde un compromiso que suele tener raíces profundas. Bien acompañadas, estas cualidades pueden convertirse en una gran fortaleza.
La sensación que deja esta cena es clara, la empresa familiar está dispuesta a abrir conversaciones necesarias. Sobre gobernanza, sucesión y formación, pero también sobre algo que me toca especialmente como psicóloga, cómo cuidamos a las personas que sostienen nuestras empresas.
Desde ACT Work, es un privilegio acompañar a esas organizaciones que entienden que cuidar de las personas es cuidar del proyecto.